¿Y SI EL PROBLEMA NO FUERA LA PREOCUPACIÓN, SINO LAS PREGUNTAS QUE NO TE HACES?

La preocupación no se resuelve preocupándose. Se transforma con preguntas, valores y responsabilidad.

Todos nos preocupamos.

La preocupación forma parte de nuestra naturaleza. Es un mecanismo de supervivencia que nos ha permitido anticipar peligros y protegernos. Desde la neurociencia sabemos que, cuando percibimos una amenaza o una situación incierta, la amígdala cerebral activa el sistema de alerta. Nuestro organismo se prepara para reaccionar.

El problema no es preocuparnos.

El problema es quedarnos a vivir en la preocupación.

Lo que inicialmente era una señal de alarma termina convirtiéndose en un estado mental permanente. La mente empieza a anticipar escenarios, imagina problemas, intenta controlar el futuro y busca una certeza que nunca termina de llegar.

Paradójicamente, la preocupación nos hace sentir que estamos haciendo algo.

Pero no estamos actuando.

Estamos pensando.

Y pensar no siempre significa avanzar.

La preocupación: una falsa sensación de control

Muchas personas permanecen días, semanas o incluso meses preocupándose por una misma situación.

La preocupación crea una ilusión muy poderosa: nos hace creer que, mientras seguimos pensando, estamos acercándonos a la solución.

Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.

Cada vuelta que damos al problema fortalece el miedo, aumenta la incertidumbre y mantiene activado el sistema de alarma.

La preocupación termina convirtiéndose en una especie de zona de confort emocional.

Resulta incómoda, pero también conocida.

Y sin darnos cuenta dejamos de actuar para dedicarnos únicamente a preocuparnos.

Lo que realmente hay debajo de la preocupación

La preocupación casi nunca es la emoción principal.

Es el disfraz.

Debajo suelen aparecer:

  • Miedo.
  • Frustración.
  • Rabia.
  • Inseguridad.
  • Necesidad de controlar.
  • Incertidumbre.
  • Miedo al rechazo o al fracaso.

La preocupación es el lenguaje con el que esas emociones nos piden atención.

Si solo intentamos dejar de preocuparnos, nunca resolveremos aquello que realmente está ocurriendo.

El coaching comienza donde termina la preocupación

Una de las mayores aportaciones del coaching no consiste en ofrecer respuestas.

Consiste en formular preguntas que transforman la calidad del pensamiento.

Cuando una persona empieza a hacerse preguntas diferentes, ocurre algo extraordinario.

La atención deja de estar completamente secuestrada por la amígdala y comienza a participar el córtex prefrontal, la zona del cerebro responsable del razonamiento, la creatividad, la planificación, la toma de decisiones y la resolución de problemas.

La pregunta cambia el foco.

Pasamos del miedo a la reflexión.

De la reacción a la elección.

De la preocupación a la responsabilidad.

Preguntas como:

  • ¿Qué me preocupa exactamente?
  • ¿Qué hechos son reales y cuáles son interpretaciones?
  • ¿Qué emoción hay debajo de esta preocupación?
  • ¿Qué depende realmente de mí?
  • ¿Qué no depende de mí?
  • ¿Qué decisión estoy evitando?
  • ¿Qué pequeño paso puedo dar hoy?
  • ¿Qué valor quiero poner en práctica en esta situación?

Cada pregunta disminuye el ruido mental.

Cada respuesta aumenta la claridad.

Y cuando encontramos una dirección y empezamos a actuar, el cerebro activa circuitos relacionados con la motivación, el aprendizaje y la percepción de progreso.

La preocupación nos aleja de nuestros valores

Aquí aparece una idea que considero fundamental.

La preocupación no solo nos aleja de la solución.

También nos aleja de nuestra identidad.

Cuando vivimos instalados en la preocupación dejamos de actuar desde nuestros valores.

La responsabilidad desaparece.

La confianza disminuye.

La serenidad se rompe.

La valentía se esconde.

La persona deja de liderar su vida y empieza a reaccionar ante las circunstancias.

Es como si entregáramos el volante a la preocupación.

Sin embargo, los valores hacen exactamente lo contrario.

Nos devuelven el liderazgo.

La responsabilidad nos pregunta:

"¿Qué depende de mí?"

La confianza responde:

"Aunque no controle el resultado, puedo confiar en mi capacidad para afrontarlo."

La paciencia recuerda:

"No todo sucede al ritmo que yo deseo."

Y el compromiso añade:

"Seguiré actuando de acuerdo con mis valores, incluso cuando aparezca el miedo."

Los valores no eliminan la incertidumbre.

Nos enseñan a caminar con ella.

La responsabilidad transforma la preocupación

Existe una diferencia enorme entre preocuparse y responsabilizarse.

La preocupación mira constantemente aquello que no controla.

La responsabilidad dirige su energía hacia aquello sobre lo que sí puede influir.

No significa asumir la culpa.

Significa asumir el protagonismo.

Cuando una persona deja de preguntarse:

"¿Y si todo sale mal?"

y comienza a preguntarse:

"¿Cuál es mi siguiente acción?"

algo cambia profundamente.

La energía deja de alimentar el miedo y empieza a construir soluciones.

Caso 1: Concha

Concha dirigía un equipo de veinte personas.

Durante semanas estaba preocupada porque pensaba que perdería a varios clientes importantes.

Cada día analizaba los mismos informes.

Dormía mal.

Revisaba continuamente el correo electrónico.

Sentía que trabajaba muchísimo.

En realidad, llevaba semanas sin tomar ninguna decisión.

En una sesión de coaching apareció una pregunta sencilla:

¿Qué depende realmente de ti en este momento?

Después de unos minutos de silencio respondió:

—Hablar personalmente con cada cliente.

Durante esa misma semana mantuvo seis conversaciones.

Descubrió que algunos clientes no estaban descontentos.

Simplemente necesitaban más comunicación.

La preocupación desapareció cuando apareció la responsabilidad.

No porque desapareciera la incertidumbre.

Sino porque comenzó la acción.

Caso 2: Javier

Javier llevaba meses pensando si aceptar una nueva dirección general.

Cada noche analizaba ventajas e inconvenientes.

Cada conversación aumentaba sus dudas.

Cuanto más pensaba, más preocupado estaba.

En coaching trabajamos una pregunta distinta:

¿Qué decisión está más alineada con los valores de la persona que quieres ser dentro de cinco años?

La respuesta llegó rápidamente.

No tenía miedo al puesto.

Tenía miedo a equivocarse.

Cuando identificó el verdadero miedo, pudo decidir desde la responsabilidad y no desde la preocupación.

Aceptó el reto.

Meses después reconoció que la decisión difícil nunca había sido aceptar el puesto.

La decisión difícil había sido dejar de escuchar a la preocupación.

Una reflexión final

La preocupación es una señal.

No un lugar donde vivir.

Nos avisa de que algo necesita atención.

Pero no puede convertirse en la brújula que dirija nuestras decisiones.

Las preguntas abren posibilidades.

La responsabilidad nos devuelve el protagonismo.

Los valores nos recuerdan quiénes somos.

La paciencia nos ayuda a respetar el tiempo de los procesos.

Y la acción convierte la incertidumbre en aprendizaje.

La próxima vez que aparezca la preocupación, no le dediques más tiempo.

Dedícale mejores preguntas.

Porque la preocupación pertenece al cerebro que intenta sobrevivir.

Los valores pertenecen a la persona que ha decidido liderar su vida con consciencia.

Y ahí comienza el verdadero cambio.

 

By Amor Oliva Ramón