¿QUÉ APARECE PRIMERO:
EL VALOR O LA IDENTIDAD?
Una reflexión desde la experiencia del coaching
Después de muchos años acompañando a personas en procesos de coaching, la experiencia me ha permitido comprobar que no todas las personas recorren el mismo camino de desarrollo.
Antes de continuar, me gustaría aclarar qué entiendo por valor. En este artículo, el valor hace referencia al conjunto de conocimientos, competencias, experiencia, sabiduría y capacidades que una persona desarrolla a lo largo de su vida.
Con frecuencia se asume que primero construimos una identidad sólida y, a partir de ella, desarrollamos nuestro valor. Sin embargo, la práctica me ha mostrado una realidad diferente.
He observado dos grandes recorridos.
Por un lado, están las personas que han desarrollado un enorme valor. Han estudiado, trabajado, superado dificultades, adquirido experiencia y desarrollado competencias extraordinarias. Sin embargo, su identidad todavía no ha emergido con la fuerza suficiente para sostener todo ese potencial. Es como si fueran mucho más de lo que ellas mismas creen ser.
Por otro lado, están quienes proyectan una identidad fuerte desde el principio. Se muestran seguras, lideran, emprenden y asumen retos con naturalidad. Sin embargo, su valor todavía está en proceso de consolidación mediante el aprendizaje, la práctica y la experiencia.
Ninguno de estos recorridos es mejor que el otro.
<u>Simplemente son caminos diferentes, y comprender esta diferencia transforma profundamente la manera de acompañar a las personas en un proceso de coaching.</u>
El papel del coach
Cuando una persona posee más valor que identidad, el trabajo del coach no consiste en enseñarle quién puede llegar a ser, sino en ayudarle a reconocer quién ya es.
El acompañamiento consiste en facilitar que la persona integre su experiencia, reconozca sus capacidades y desarrolle una identidad capaz de sostener el valor que ha construido durante años.
En cambio, cuando la identidad va por delante del valor, el coaching se orienta a fortalecer las competencias, ampliar la experiencia y consolidar el aprendizaje para que esa identidad tenga una base sólida.
<u>En ambos casos, el objetivo es el mismo: lograr la alineación entre identidad y valor.</u>
La pausa fértil
A lo largo de mi experiencia también he podido comprobar que, en muchas ocasiones, esa alineación no se produce durante los períodos de mayor actividad, sino precisamente cuando la vida nos obliga a detenernos.
Una enfermedad, un accidente, un duelo, una crisis económica, la pérdida de un trabajo o cualquier otra adversidad pueden interrumpir de forma inesperada el curso de nuestra vida.
Normalmente vivimos estas situaciones como algo impuesto.
Y, en efecto, lo son.
Nadie elige atravesar el sufrimiento.
Sin embargo, existe una paradoja.
Aquello que inicialmente parece una interrupción puede convertirse en el espacio donde la identidad realiza el crecimiento que el ritmo acelerado de la vida no permitía.
<u>La pausa no siempre detiene el crecimiento; muchas veces lo hace posible.</u>
Los dos desafíos de la adversidad
Toda adversidad plantea, al menos, dos desafíos.
El primero consiste en afrontar la propia situación: elaborar el duelo, aceptar la realidad, recuperarse física o emocionalmente y reconstruir el equilibrio.
Pero existe un segundo desafío, mucho más silencioso y del que apenas se habla.
Mientras el mundo exterior parece detenerse, la identidad comienza a transformarse.
Al desaparecer, aunque solo sea temporalmente, las exigencias del entorno, los roles habituales y la necesidad de adaptarse para pertenecer, surge una pregunta esencial:
¿Quién soy cuando dejo de interpretar el personaje que los demás esperaban de mí?
Es en ese espacio donde la pausa deja de ser una interrupción para convertirse en un proceso de integración.
No se trata únicamente de sanar.
Se trata de permitir que la identidad alcance, por fin, el nivel del valor que ya existía.
La actitud marca la diferencia
Ahora bien, la adversidad, por sí sola, no transforma a nadie.
Lo que determina el resultado es la posición desde la que la persona decide atravesarla.
Cuando responde desde el adulto, acepta la realidad sin resignarse, asume su capacidad de decisión, aprende de la experiencia y utiliza ese tiempo para reconstruir su identidad.
El dolor sigue existiendo, pero deja de ser un enemigo para convertirse en un espacio de crecimiento.
En cambio, cuando la persona queda atrapada en una posición de víctima, toda su energía se dirige a luchar contra lo que ya ha ocurrido. El sufrimiento se prolonga, la recuperación se dificulta y, en algunos casos, la persona acaba renunciando a proyectos, relaciones o incluso a la posibilidad de reconstruir su vida.
<u>La diferencia no está únicamente en la adversidad, sino en la actitud con la que se recorre ese camino.</u>
Dos historias, dos caminos diferentes
Los siguientes casos están inspirados en mi experiencia profesional. Los nombres son ficticios y algunos detalles han sido modificados para preservar la confidencialidad.
Kilian: cuando el valor va por delante de la identidad
Kilian llegó al proceso de coaching después de años de esfuerzo y desarrollo profesional. Había construido un gran valor: conocimientos, experiencia, sensibilidad y capacidad para generar resultados.
Sin embargo, cada vez que entraba en un nuevo equipo terminaba adaptándose a la identidad dominante del grupo.
Reducía sus opiniones, evitaba destacar y aceptaba formas de actuar que no representaban quién era realmente.
No le faltaba capacidad.
Le faltaba una identidad capaz de sostener el valor que ya había construido.
Durante el proceso de coaching no trabajamos nuevas competencias.
Trabajamos el reconocimiento de su propio valor, la coherencia y el permiso para dejar de adaptarse continuamente a los demás.
<u>Cuando dejó de buscar aceptación y comenzó a expresarse desde su verdadera identidad, también empezó a ser reconocido por aquello que antes ocultaba.</u>
Maribel: cuando la pausa se convierte en fértil
Maribel llegó al proceso de coaching después de atravesar una importante crisis económica.
La pérdida de estabilidad no solo afectó a su situación profesional; también puso en cuestión muchas de las identidades desde las que había vivido durante años.
Había construido una identidad vinculada a su trabajo, otra a su entorno familiar y otra a las responsabilidades que desempeñaba.
Cuando las circunstancias cambiaron, descubrió que aquellas identidades dependían demasiado del contexto y que necesitaba construir una identidad propia, más sólida y menos condicionada por los roles que ocupaba.
Aquella crisis la obligó a detenerse.
No fue una pausa elegida.
Fue una pausa necesaria.
Y precisamente en ese tiempo comenzó el verdadero trabajo de integración.
La pausa dejó de ser únicamente un período de recuperación para convertirse en una oportunidad de crecimiento.
Pero esa transformación no ocurrió de forma automática.
Fue posible porque Maribel decidió afrontar aquella etapa desde una posición adulta: aceptando la realidad, elaborando las pérdidas, revisando sus creencias y reconstruyendo una identidad más coherente con el valor que había desarrollado a lo largo de su vida.
El coaching desempeñó un papel fundamental.
No para evitar el dolor ni acelerar el proceso, sino para fortalecer su estado adulto y acompañarla en la integración de la experiencia.
<u>Con el tiempo, la adversidad dejó de definir su historia y se convirtió en el punto de partida de una identidad más auténtica.</u>
Dos caminos, un mismo destino
Kilian y Maribel recorrieron caminos diferentes.
Uno necesitaba que su identidad alcanzara el valor que ya había construido.
La otra necesitaba reconstruir una identidad más sólida después de que la vida desmontara aquellas identidades que dependían de las circunstancias.
Ambos procesos requerían un acompañamiento diferente.
Pero ambos perseguían el mismo objetivo: la alineación entre identidad y valor.
Una reflexión final
Con frecuencia pensamos que el crecimiento consiste únicamente en adquirir nuevos conocimientos o desarrollar nuevas habilidades.
Sin embargo, mi experiencia me ha permitido comprobar que muchas personas ya poseen un enorme valor.
Lo que todavía no han desarrollado plenamente es una identidad capaz de sostenerlo.
Por eso considero que la pausa fértil no representa un tiempo perdido.
Es un tiempo de integración.
Un espacio donde la vida detiene nuestro hacer para que nuestra identidad tenga la oportunidad de alcanzar nuestro verdadero valor.
Quizá, entonces, la pregunta no sea qué aparece primero, el valor o la identidad.
<u>La verdadera cuestión es si, en algún momento de la vida, ambos llegan a encontrarse.</u>
Porque cuando la identidad refleja el valor real de la persona, desaparece la necesidad de demostrar quién es.
Y es entonces cuando emerge un liderazgo auténtico, basado no en la apariencia, sino en la coherencia entre lo que somos y el valor que realmente podemos aportar al mundo.
By Amor Oliva Ramón