EL COACH ES COMO UN JARDINERO
Cuando la vida nos hace tambalear: necesitamos raíces, no solo ramas
Hace unos días leí una historia que me hizo pensar en algo que observo con frecuencia en las personas que acompaño en coaching.
Cuando la vida cambia de repente, podemos sentir que perdemos el suelo.
Un trabajo que desaparece.
Una relación que termina.
La pérdida de una persona querida.
Una situación de mobbing.
Un cambio que no hemos elegido.
Hay momentos en los que aquello que hasta ayer nos daba seguridad deja de existir.
Y entonces nos tambaleamos.
¿Qué ocurre cuando perdemos aquello que nos sostenía?
Imagina un árbol durante una tormenta.
El viento no le pregunta si está preparado.
Simplemente llega.
Las ramas se mueven, las hojas tiemblan y algunas pueden incluso romperse.
Desde fuera, es lo que vemos.
Pero lo que realmente está sosteniendo al árbol no está a la vista.
Está debajo de la tierra.
Son sus raíces.
Y pensé que algo parecido ocurre con las personas.
Cuando atravesamos una situación difícil, solemos mirar primero lo que se ve:
“Estoy teniendo miedo.”
“No soy capaz de hablar.”
“No sé tomar decisiones.”
“No puedo poner límites.”
“Me siento insegura.”
“Estoy bloqueada.”
Pero eso que vemos son las ramas.
Y si queremos comprender realmente qué está ocurriendo, necesitamos mirar más abajo. Necesitamos llegar a las raíces.
Las ramas son nuestros comportamientos
Una persona puede llegar a coaching diciendo:
“Quiero tener más seguridad en mi trabajo.”
Pero cuando exploramos qué significa para ella esa seguridad, podemos descubrir que tiene miedo de intervenir en las reuniones.
Calla.
No expresa sus opiniones.
Evita discrepar.
No pregunta.
No pone límites.
No porque no tenga nada que aportar.
Sino porque detrás puede existir todo un conjunto de creencias:
“Si me equivoco, perderé credibilidad.”
“Si digo lo que pienso, puedo tener problemas.”
“Es mejor no llamar la atención.”
“Necesito agradar para conservar mi puesto.”
Y quizá todas esas creencias tienen un denominador común:
“Necesito estar segura.”
Aquí es donde el coaching puede abrir una puerta diferente.
No se trata únicamente de cambiar el comportamiento de la persona y decirle:
“En la próxima reunión tienes que hablar.”
La pregunta es más profunda:
¿Qué está ocurriendo en tus raíces para que necesites permanecer callada para sentirte segura?
En las raíces encontramos mucho más de lo que vemos
Las raíces representan aquello que no vemos directamente:
creencias, emociones, valores, experiencias, aprendizajes y significados.
Y todos ellos están relacionados.
Por eso, cuando una persona quiere cambiar un comportamiento, no siempre basta con trabajar directamente sobre ese comportamiento.
Podemos podar una rama.
Pero si las raíces siguen siendo las mismas, es posible que el patrón vuelva a aparecer.
O aparezca de otra manera.
Una persona puede aprender a hablar en una reunión y, sin embargo, seguir sintiendo un profundo miedo al juicio.
Puede aprender a decir “no”, pero continuar sintiéndose culpable.
Puede tomar una decisión, pero seguir necesitando que los demás la validen.
Puede parecer más segura por fuera mientras por dentro continúa sintiéndose insegura.
Por eso, en coaching, el comportamiento puede ser la puerta de entrada, pero no necesariamente es el lugar donde está aquello que necesitamos transformar.
¿Qué valor estamos intentando proteger?
Los valores tienen aquí un papel fundamental.
Imaginemos que una persona dice:
“Quiero sentirme más segura.”
Podemos preguntarle:
¿Qué significa para ti sentirte segura?
Y después:
¿Qué creencias sostienen esa necesidad de seguridad?
¿Qué comportamientos has desarrollado para protegerla?
¿Esos comportamientos realmente te están dando seguridad?
¿O quizá algunos de ellos te están limitando?
Esto puede llevarnos a descubrir algo muy interesante.
A veces desarrollamos comportamientos para sentirnos seguros que, con el tiempo, terminan limitándonos.
Callar para no equivocarnos.
No poner límites para no perder una relación.
No decidir para no asumir riesgos.
No expresar lo que pensamos para no generar conflicto.
El comportamiento nació para protegernos. Pero quizá ya no nos protege.
Cuando lo que nos protege nos limita
Una persona tiene miedo de perder su trabajo y, para protegerse, permanece siempre callada.
No discrepa.
No expresa sus necesidades.
No plantea problemas.
No muestra sus capacidades.
Cree que así está protegiendo su seguridad.
Pero quizá ese mismo comportamiento termina reduciendo su visibilidad, su influencia y su capacidad de actuar.
Y finalmente puede encontrarse en una situación que precisamente quería evitar.
El comportamiento nació para protegerla, pero puede haber dejado de ser útil.
Por eso necesitamos comprender qué hay detrás de aquello que hacemos.
Tres tormentas diferentes
Las tormentas no son siempre iguales.
La pérdida del trabajo
Cuando una persona pierde su trabajo, no pierde solamente un salario.
Puede perder también una estructura, una identidad profesional, un reconocimiento, una rutina y una sensación de estabilidad.
Puede aparecer:
“¿Y ahora qué hago?”
“¿Quién soy sin este trabajo?”
“¿Seré capaz de encontrar otro?”
El coaching puede ayudar a separar dos cosas que a veces quedan mezcladas:
“He perdido mi puesto”
y
“He perdido mi valor.”
No son lo mismo.
La situación externa ha cambiado.
Pero la persona puede volver a descubrir recursos, capacidades, valores y posibilidades que quizá estaban ocultos bajo la seguridad que le proporcionaba aquel trabajo.
La pérdida de una persona importante
Cuando perdemos a alguien que era un referente para nosotros, también puede desaparecer una parte de nuestra estructura emocional.
La vida cambia.
La rutina cambia.
Nuestra identidad puede cambiar.
Y podemos preguntarnos:
“¿Cómo voy a seguir ahora?”
Aquí el coaching no pretende eliminar el dolor ni sustituir un proceso terapéutico cuando este sea necesario.
Pero sí puede acompañar a la persona a explorar quién es ahora, qué permanece, qué necesita reconstruir y desde dónde quiere comenzar una nueva etapa.
El miedo en el trabajo
Y también existen tormentas que no llegan de golpe.
Una persona puede sentirse amenazada durante mucho tiempo en su entorno laboral.
Puede sufrir comportamientos de mobbing.
Puede sentir miedo.
Puede callarse.
Puede evitar intervenir.
Puede intentar hacerse invisible para protegerse.
Hasta que un día descubre que, intentando conservar su seguridad, ha ido perdiendo precisamente aquello que necesitaba para sentirse segura: confianza, voz, capacidad de decisión y autoestima profesional.
Ahí podemos empezar a trabajar las raíces.
El coach como jardinero
Y aquí aparece una metáfora que me gusta especialmente.
El coach es como un jardinero.
El jardinero observa el árbol.
Ve las ramas.
Ve las hojas.
Ve si algo está creciendo de una manera que está perjudicando al árbol.
Pero sabe que no todo está ahí.
También sabe que las raíces están debajo de la tierra.
No puede verlas directamente.
Tiene que observar las señales que aparecen fuera para comprender qué puede estar ocurriendo dentro.
En coaching sucede algo parecido.
La persona llega con aquello que puede identificar:
“Quiero tener más seguridad.”
“Quiero dejar de tener miedo.”
“Quiero aprender a poner límites.”
“Quiero atreverme a tomar decisiones.”
“Quiero hablar en público.”
“Quiero cambiar este comportamiento.”
Y el coach puede acompañarla a bajar desde las ramas hasta las raíces.
¿Qué creencias están sosteniendo esto?
¿Qué emociones aparecen?
¿Qué valor estás intentando proteger?
¿Qué significado tiene para ti la seguridad?
¿Qué comportamientos has aprendido para conseguirla?
¿Siguen siendo útiles hoy?
Porque el objetivo no es simplemente podar las ramas.
Es cuidar las raíces.
No podemos evitar todas las tormentas
La vida va a seguir trayendo tormentas.
No podemos controlar todas las circunstancias.
No podemos impedir que una relación termine.
No podemos garantizar que nunca perderemos un trabajo.
No podemos controlar lo que otras personas hagan.
No podemos conseguir que todo permanezca siempre igual.
Pero sí podemos trabajar nuestra capacidad para atravesar los cambios.
Y aquí encuentro una diferencia fundamental entre depender de la seguridad externa y desarrollar una seguridad interna.
No se trata de llegar a:
“Estoy segura porque todo está bien.”
Sino de poder llegar a:
“Aunque ahora no sepa qué va a ocurrir, confío en que tengo recursos para afrontarlo.”
Eso cambia mucho las cosas.
Porque la seguridad deja de depender exclusivamente de que la realidad permanezca estable.
Empieza a apoyarse también en nosotros mismos.
No se trata de no tambalearse
Quizá el objetivo no sea conseguir que el árbol nunca se mueva.
Un árbol vivo se mueve con el viento.
Se adapta.
Se dobla.
Pierde alguna rama.
Vuelve a crecer.
Lo importante no es que nunca haya tormentas.
Lo importante es tener raíces suficientemente profundas y flexibles para atravesarlas.
Y quizá eso también sea parte de lo que hacemos en coaching.
No enseñamos a las personas a vivir sin miedo.
Las acompañamos a comprender su miedo.
No eliminamos todas las dificultades.
Las ayudamos a descubrir sus recursos para afrontarlas.
No les damos nuevas raíces.
Las ayudamos a mirar las que ya tienen, comprenderlas y, cuando sea necesario, fortalecerlas.
Porque cuando una persona quiere transformar lo que ve fuera, quizá tenga que empezar por aquello que no se ve.
Las raíces.
Y ahí puede comenzar una verdadera transformación.
By Amor Oliva Ramón